Cuando mi mujer descubrió lo nuestro

54-cuando-mi-mujerEn el fondo siempre supe que acabaría por ocurrir. Era inevitable. Cuando la mentira se convierte en rutina se diluye la careta que separa el discurso de los actos. Se vuelve uno descuidado, permitiéndose el despiste en lo que antes era planificación metódica y prohibida. Las dobles vidas siempre acaban por confundirse.

Aquella noche al volver a casa caí en la cuenta de que no había hecho la cama ni retirado la manta sobre la que te quedabas dormido a mi lado, tras mordisquear mis dedos y posar tu cuello en mi regazo mientras me abandonaba al más plácido sueño después de la lectura a una mano mientras la otra acariciaba tu cabeza, y tus ojos se iban cerrando poco a poco. Y nuestras respiraciones se acompasaban hasta ser una.

Aceleré por inercia intuyendo que de nada serviría. Ella ya estaba en casa. Quizás no hubiese entrado en nuestra habitación. A través de la ventana la vi en la cocina y percibí un gesto teñido de normalidad. Había esperanza para los transgresores de las normas establecidas. Quizás tuviese una oportunidad de perpetuar la mentira en una intrépida intervención. Pero el culpable que se presume descubierto lleva en su rostro las marcas de su crimen.

Tras un saludo cordial estalló la pregunta que se contestaba sola – “¿Qué has estado haciendo en la cama?”– Tocado y hundido en una única frase. ¿Para qué disimular? Cuando uno se sabe descubierto la único que puede salvar la ya frágil dignidad es no insistir en la mentira que se sabe manifiesta. Malditos pelos. El cepillado diario antes de dejarte entrar nunca era suficiente. De ahí la necesidad de esa manta cómplice que escondía las pruebas de nuestro crimen.

Me quedé callado, claro. Y con la mirada confesé, sabiendo que lo nuestro estaba en sus manos.

-“¿Has metido al perro en casa y lo has dejado dormir en la cama contigo?”

Aparentaba ser pregunta, pero era sentencia. Y la acaté bajando la cabeza porque no había defensa posible.

-“¿Y hace mucho de esto?”

-“…sí…”

-“¡Que cabrón!”- Pero sonrió con ternura mientras lo decía. ¿Sería posible la derogación de la norma que nos separaba en las tardes de siesta? Pero a continuación continuó:

No puede ser…ya he transigido con muchas cosas, pero esto supera mi capacidad.

Yo alternaba miradas al suelo y a un lado. En silencio y sabiéndome sin derecho de réplica. Y no sé si inocente o tendenciosamente, mostrando con mi expresión el dolor que tal condena me producía. Pareció dudar:

¿Es tanto sacrificio para tí?

Contesté sólo con gesto y expresión, que son el mejor idioma para pedir clemencia.

Es que es otra más..no tienes medida.

Habíamos perdido. Pero entonces siguió.

-Y otra cosa, se tiene que acabar lo de fumar en casa. Lo he estado pensando y no puede ser. Ni tú, ni las visitas, ni nadie. En los establecimientos no se fuma y en casa tampoco Es mi salud, la tuya, y es nuestra casa.

¿Era posible? ¿Me estaba ofreciendo un trato? Era duro pero merecía la pena. El pitillo…el pitillo no era sólo el pitillo. Era el café, la pausa, el dulce, la reflexión, el abandono, la desconexión. No era una adicción. Tan sólo era … necesario. Pero no tanto como tú. No lo dudé y pasé de la postura compungida al decidido y enérgico asentimiento, dándole la razón y aceptando con decisión la nueva norma antitabaco.

Y al al perro vas a tener que cepillarlo mucho más.

Y respiré aliviado. No me la merezco.

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