La Perra Pelocha y la Gata Gatuna

La perra Pelocha y la Gata GatunaLa Gata Gatuna, que en aquel momento no tenía nombre, tenía su cabeza oculta en un pequeño bache de la calzada que discurre por A Malata. El tráfico era intenso y numerosos coches le pasaban por encima y ambos lados. Pedro lo vio, reaccionó con rapidez y hasta cierto punto con imprudencia, encendiendo las luces de emergencia y parando el coche en las inmediaciones de una rotonda.Se bajó con las manos en alto para detener el tráfico.

Se acercó al pequeño bulto y recogió una bola de pelo que cabía en una mano. Hasta aquel momento no tuvo la certeza de que era un gato, o gata según le confirmaron más tarde. Desde la mano que la sostenía Gatuna bufaba y rugía en forma de ruidos y gestos que parecían estornudos. Pedro la metió en el coche mientras experimentaba una mezcla de asombro y repulsión tanto por el diabólico gesto de la bola como por la mugre que la envolvía. Y se sintió satisfecho cuando un conductor pasó a su lado y sacó el brazo por la ventanilla con el pulgar hacia arriba, de forma que sobrellevó mucho mejor a otros dos que en vez del pulgar levantaron el dedo corazón, mostrando su discrepancia sobre la ponderación de valores y utilidades de nuestro espontáneo peatón.

Gatuna resultó tener varias semanas, muchas pulgas y nadie que la reclamara o la quisiera. Pedro entró en varias tiendas de animales para intentar zafarse del problema. Para su desgracia salió de ellas con la gata Gatuna, con una caja higiénica, arena de sílice, pienso, comedero, bebedero y algún accesorio más. Hubo de llevarla a su casa, dónde Carmen la baño dejando al descubierto un esqueleto envuelto en pellejo, de contemplación más piadosa pero de idéntico gesto satánico.

El problema era la perra Pelocha, una hembra de pastor alemán que hasta el momento había ostentado el cargo unipersonal de mascota de la casa y con una marcada tendencia a la agresividad depredadora hacia los gatos. El órgano colegiado perra-gata se le antojaba a Pedro abocado a la masacre, y si bien los gatos nunca habían gozado de su simpatía, tampoco les deseaba nada más allá de la distancia. Además Pedro era muy peliculero, y pensaba que salvar una vida implicaba también tener que custodiarla.

Tras días de tensa convivencia, marcados por la separación física, la ansiedad canina y el estrés gatuno, a Pedro, la gata Gatuna se le escurrió de los brazos estando en la misma habitación que la perra Pelocha. Pedro anticipó una situación escabrosa y macabra, y se vió sacando de la boca de su perra restos sanguinolientos. Pero Pelocha adoptó una posición de acecho, y, sin tiempo para intervenir, Pedro contempló cómo Gatuna corría hacia la boca de la perra, para decididamente empezar a jugar con sus belfos y bigotes como si de un ovillo de lana se tratara. Sorprendemente Pelocha se quedó quieta y tras derribarla con el hocico empezó a lamerle el vientre, provocando en la callejera un sonido gutural y vibrante, evocando en Pedro una vez más la imagen de una criatura del averno, aunque esta vez, mucho más tierna.

Desde entonces Gatuna echó sus siestas enroscada en el vientre de Pelocha, que mantenía ligeramente levantada una pata para no aplastarla, y a veces, en sueños, buscaba algún pezón al que agarrarse con su boca y rodear con sus patas, mientras su protectora, echada en un sofá, observaba por la ventana los edificios ruinosos de Ferrol-Vello, en busca de esos bichos tan feos, que tanto maullaban y que tan rápido se movían. – ¡Ah malditos!, ¡Como algún día os pille…!

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