La raza sí importa

La raza sí importaLo políticamente correcto contamina a menudo el discurso sobre una materia, ocupando con palabras amables el lugar que le corresponde al necesario punto de vista crítico. Es el caso de un mensaje que goza de gran aceptación entre los aficionados al perro, y que incluso se puede escuchar de boca de algunos profesionales: el que afirma que la raza del perro es nada o poco relevante para explicar la conducta y el temperamento de un perro, y de que todas las manifestaciones indeseables del comportamiento canino obedecen a carencias o errores en su educación.

Sin duda el papel del guía y en su caso de un educador es fundamental para entender los comportamientos caninos, pero los rasgos raciales de conducta son una realidad que sólo por desconocimiento podemos ignorar.

Las razas son producto de una selección artificial en la que se ha buscado reiteradamente la consolidación de rasgos definidos, tanto psicológicos como físicos. La mera selección en base a criterios físicos determina también el temperamento del perro, aunque sólo sea por la eliminación del rasgo comportamental como elemento de selección, abandonando así la búsqueda de un determinado carácter y dejando al azar la fijación de unos comportamientos que terminarán por consolidarse y predominar en una determinada raza.

En otros muchos casos, las aptitudes y actitudes de los perros están en el origen de la selección de ejemplares orientadas a una determinada utilidad. Esas utilidades hacen que unos rasgos sean deseables y otros no.

La constatación de esta realidad no implica un juicio de valor sobre la pertinencia o no de determinadas manifestaciones de la cría selectiva. Pero por suerte en algunos casos y por desgracia en otros, los perros son descendientes de unos antepasados que han consolidado sus genes por la influencia de un entorno humano, habiendo persistido aquellos que mejor se adaptaron a las exigencias, explícitas o implícitas, intencionadas o casuales, del entorno social en el que vivieron y se reprodujeron. Y esto independientemente de que una raza sea reconocida o no como tal por un determinado organismo (ya sea FCI y sus representantes nacionales, u otros entes que se están sumando al mercado de la expedición de papeles e inscripciones en Libros de Orígenes). E independientemente de que un ejemplar sea mestizo. El mestizo es también hijo de su herencia genética, y buena parte de las variables que consolidarán su conducta, su capacidad de aprendizaje, su docilidad, están impresas en su ADN antes de que nazca.

Este hecho, per se, no tendría porque constituir un problema. Pero la cría comercial hace llegar al propietario medio la posibilidad de hacerse con ejemplares cuya naturaleza puede no ser apropiada para él. La moda, “ la más tonta de las tontas” en palabras de Konrad Lorenz, llega entonces a un mercado en el que las variables de aspecto físico, status, imitación o mera tendencia inundan el espacio en el que debería primar la búsqueda de una mascota con la que fomentar un relación de recíproca satisfacción.

La cría comercial consolida incluso razas cuya existencia no se explicaría si no fuera por una determinada tendencia del mercado ajena a criterios de utilidad. Y entiendo la mera compañía como una de las utilidades fundamentales y más legítimas del perro.

Son muchos los dueños frustrados por no poder atender las demandas psicológicas y físicas de sus perros, lo que origina problemas de conducta desde su punto de vista y un una vida pobre desde la del perro. El discurso presuntamente bonachón sobre la nula importancia de la raza no ayuda a estos propietarios ni a sus perros, y consolida la baja autoestima del dueño y la persistencia de elecciones erróneas.

El criador comercial suele ser por desgracia más vendedor que técnico, y es muy raro escuchar de la boca de alguno, palabras de desaliento a la hora de elegir su raza como mascota. Las publicaciones especializadas tampoco ayudan, consolidando así una imagen triunfalista y amable sobre todas las variedades, y obviando los requisitos que debería cumplir un propietario.

Todos los perros pueden ser maravillosos, pero ninguno es adecuado para todo el mundo.

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