Enemigos a tres bandas: reflexiones sobre la cría indiscriminada

Enemigos a tres bandas(Revisión de un artículo publicado en la primera versión de este blog)               Los defensores del bienestar animal a menudo cargan las tintas contra la cría comercial como ejemplo de explotación. Es una lástima tener que reconocer que en ocasiones esta equiparación está fundada. En otras, afortunadamente no.

 Acotemos previamente los términos para clarificar nuestra exposición:

– Cría: actividad conducente a la producción de ejemplares (caninos).

– Cría comercial: aquella en la que la entrega de un cachorro está sujeta a una contraprestación económica. Y ello independientemente de que el criador se defina como familiar, sin afán de lucro, que aluda al amor a la raza, y/o que haya elegido contribuir al fraude fiscal.

– Cría indiscriminada: aquella que no tiene como criterios de producción la salvaguarda de las características deseables de tipo morfológico, de salud y psicológico de los cachorros.

– Cría ilegal: aquella que no cumple con las obligaciones legales vigentes, ya sea en materia sanitaria, de bienestar animal, fiscal u otras.

Es la cría indiscriminada (independientemente de su condición comercial, continua u ocasional, legal o ilegal) la principal responsable de la existencia de perros enfermos, problemáticos, dueños frustrados y en última instancia del abandono animal. Pero dentro de esta, son varios los actores que la posibilitan, promueven, financian y permiten. Las categorías citadas a continuación presentan una serie de características típicas. En ocasiones, no todas estarán presentes en un mismo actor, si bien consideramos suficiente la existencia de una mayoría para englobarlo en una tipología determinada.

1.1 La oferta: el criador (indiscriminado) comercial. Nos referimos a aquel que espera una remuneración por la venta de sus cachorros, independientemente de su condición legal y del beneficio o pérdida que obtenga de esta actividad. Este es sin duda el máximo exponente popular de la mala práctica en materia de producción y comercialización de mascotas (desgraciadamente veremos que no el único). Es el tipo de criador que hace caso omiso de los criterios de cría que garantizan la viabilidad sanitaria, morfológica y conductual de sus cachorros. No realiza las pruebas de salud propias de la raza de sus progenitores, a los que escoge por motivos de conveniencia económica (precio, proximidad geográfica, etc.). Entiende la cría como fecundación, custodia o almacenamiento de los cachorros, y posterior venta. No presta atención tampoco a las necesidades de socialización de los cachorros independientemente de sociabilidad o insociabilidad propia de la raza. Apenas mantiene contacto con la camada, bien porque ni se lo plantea o bien porque le conviene entender que durante la etapa de cachorro a este le corresponde básicamente estar con la madre. La edad de entrega de los cachorros se elige en función del ahorro de costes. La rentabilidad de la explotación se obtiene mediante una elevada rotación de camadas, disponibilidad de varios reproductores y repetición de progenitores en los cruces. También a través de la disminución de costes en alimentación, pruebas y cuidados veterinarios, infraestructuras y tiempo. Puede ofrecer una distinta gama de precios en función de si se desea un cachorro con los papeles en regla o si este aspecto resulta indiferente. Los progenitores no llevan la vida propia de una mascota, no estando integrados permanentemente en una unidad de convivencia humana. Un subtipo sería el del propietario de las granjas de cachorros, tradicionalmente asociadas con países del este pero que también están presentes en nuestro país. No obstante el elevado número de producción propio de estas granjas no son un requisito indispensable para formar parte de esta categoría. El minifundio también existe en este tipo de cría, y es el tipo más numeroso. Existen granjas, pero también corrales.

1.2 La oferta: el criador (indiscriminado) no comercial. Su actividad no obedece a la finalidad planeada de obtener una remuneración (independientemente de que la obtenga o no). Suele ser un propietario ajeno a cualquier criterio técnico o ético sobre la cría. No ve problemas en posibilitar la reproducción de su ejemplar independientemente de su idoneidad para la adecuada conservación o mejora de la raza. Quizás tampoco vea problemas en permitir la reproducción entre ejemplares de diferente raza o ni siquiera su perro sea de raza. Entiende la reproducción canina como una función propia y natural de todos los perros, y considera que su perro tiene el mismo derecho que cualquier otro a darse una alegría o simplemente ni se plantea poner los medios para evitarlo. Es tremendamente numeroso y común. Si bien constituye una parte importantísima de la cría indiscriminada, no tiene necesariamente por qué tener en malas condiciones ni a los progenitores ni a los cachorros, si bien carece, y desconoce la necesidad, de conocimientos técnicos específicos. Igual de peligroso que el anterior, pero por ignorante, menos odioso.

1.3 La oferta: los intermediarios (tiendas y distribuidores de mascotas). En este caso no existen excepciones. Cualquier intermediario forma parte del entramado de la cría indiscriminada, puesto que el traslado y “almacenaje” en el punto de venta o distribución es incompatible con una cría respetuosa con el bienestar del cachorro. El cachorro se vende durante su etapa crítica de socialización. Durante esta etapa se pasa de la neotenia a la neofobia, siendo la fase más importante en la conformación del futuro carácter y en la prevención de problemas de comportamiento. Este delicado período requiere de un entorno emocional adecuado, que debe caracterizarse por el fomento del contacto social intra e interepecífico del perro, algo incompatible con el confinamiento permanente del cachorro en una vitrina, jaula y/o escaparate. Además la entrega del cachorro forma parte de lo que podríamos denominar desde un lenguaje mercantil como venta técnica: lo que se entrega debe de ser objeto de un conocimiento profundo de sus requisitos, necesidades y de su adecuación o no al potencial comprador por parte del vendedor. La venta generalista de cachorros no es compatible con este conocimiento exhaustivo de unas determinadas características raciales que incluyen aspectos de salud física y necesidades psicológicas y educativas. La venta minorista y generalista mediante intermediario se caracteriza además por operaciones rápidas y por el fomento de la compra emocional y compulsiva, en un caso en el que el análisis crítico es necesario para posibilitar una adecuada relación (y por tanto satisfacción) futura. La intermediación favorece además la opacidad y la falta de trazabilidad sobre el origen del perro, fundamental para conocer aspectos de salud, carácter y para saber las condiciones de origen de los progenitores y de la camada. Pero con mucha seguridad, podemos descartar un origen responsable cuando la venta la realiza un intermediario.

2. La demanda: el consumidor final de la cría indiscriminada. La gran mayoría de los compradores de perros. El comprador de cría indiscriminado probablemente no tenga conocimientos ni criterios técnicos o éticos para evaluar la calidad y pertinencia del criador. Se autoexplica la gran diferencia de precios en función de tópicos sobre la marca, el pedigree (al que considera una herramienta de marketing, una forma de snobismo y no una prueba de la trazabilidad del cachorro) y el margen abusivo del criador de élite. Su ignorancia y la búsqueda del factor precio como elemento primordial de elección encuentran un estupendo caldo de cultivo en el criador indiscriminado, que a su vez y gracias a un sistema productivo de costes a la baja, parece garantizar un trato más justo en lo económico, cuando en realidad sus márgenes comerciales son mayores. En el mejor de los casos se conforma con obtener un cachorro con pedigree asumiendo que este documento garantiza la salud del perro y la seriedad del criador. Si bien el acento en la crítica suele ponerse en el lado de la oferta, la supervivencia de las malas prácticas depende de la existencia de demanda. Mientras esta exista, cualquier deseo de compra será satisfecho.

3. El regulador: las administraciones públicas. La preocupación de los poderes públicos sobre este tema es inexistente. A pesar de las declaraciones de intenciones representadas por ejemplo en la suscripción pública y publicada (en el BOE) la I Declaración universal de los derechos del animal aprobada por la ONU, y en otros textos normativos acerca de la protección y bienestar animal, la dejadez de funciones es total. Las políticas públicas son un reflejo de la preocupación social de determinados temas, y en un país en el que varias formas de maltrato animal forman parte de la cultura popular, no es extraño que las diferentes administraciones releguen a los puestos más bajos de la agenda pública la aplicación de una normativa efectiva para garantizar el bienestar de reproductores y cachorros. No es tanto un problema de legislación como de aplicación práctica de la misma. Efectivamente distintas comunidades autónomas cuentan con normativa referida a los centros de cría. En muchas ocasiones estas normas se refieren a cuestiones de sanidad pública, pero también al bienestar animal. Pero sin una voluntad política de llevarla a la práctica, cualquier legislación carece de funcionalidad. No se explica si no, las dificultades de criadores y otros profesionales para seguir los procedimientos establecidos. O la falta de un régimen efectivo de control y de sanción sobre, por ejemplo, la obligatoria identificación animal mediante microchip. La administración solo interviene en los casos que generan alarma social e impacto mediático, como los ocasionales descubrimientos de perros hacinados, malnutridos o muertos en naves y demás instalaciones ilegales. Y siempre y cuando la actualidad no genere noticias más interesantes. Las políticas de recogida de animales abandonados son en muchos lugares, un intrincado laberinto en los que el ciudadano concienciado puede comprobar la desidia de las diferentes autoridades. Algo muy llamativo cuando esta situación tiene una incidencia directa en los accidentes de tráfico. Ni siquiera Hacienda parece tener demasiado interés en intervenir en un mercado que cada año mueve millones de euros en dinero negro, y que se publicita descaradamente ante los ojos de toda la sociedad, algo difícilmente comprensible para el firmante.

 ¿Qué se puede hacer?

1. La existencia de clubs de raza pueden ser un estupendo mecanismo para suplir la falta de criterios de las sociedades caninas, cuyo papel en la cría selectiva, pese a su objeto social, es escaso. En este sentido es necesario “tecnificar” la gestión de los clubs, garantizar la transparencia y luchar contra los personalismos que están en muchos casos en el origen de escisiones y discrepancias que no hacen sino dividir esfuerzos y hacer que ante los aficionados pierdan credibilidad como garantes del bienestar animal y protectoras de los derechos de los propietarios frente a las malas prácticas. Los clubs de raza sólo prosperarán y asumirán un papel relevante en la elección del comprador en la medida en que constituyan una garantía de calidad y añadan valor a los criadores asociados.

2. La cría debe tecnificarse, dignificarse y profesionalizarse. Es necesario comprender que la cría, sobre todo en determinadas razas, es una actividad con alto contenido técnico, que requiere de grandes inversiones y de una alta dedicación en tiempo. Si seguimos pensando que cualquiera puede ser criador, independientemente de su disponibilidad, conocimientos, calidad de los reproductores, inversión en infraestructura, estamos abocados a seguir produciendo perros enfermos y problemáticos, o carentes de la trazabilidad que les confiera valor. Engrosarán entonces los grupos de perros sacrificados, abandonados, o padres de camadas que no podrán ser objeto de inscripción en los libros de orígenes y que por tanto perderán un valor de cambio que desgraciadamente, está estrechamente vinculado con las posibilidades del cachorro de llevar una vida digna. En este sentido cabe plantearse la conveniencia de articular colegios o asociaciones profesionales que adopten un papel activo frente al intrusismo. Ello no obstante implicaría también una intervención decidida de los poderes públicos. El afán recaudatorio de la administración podría ser en este caso un poderoso aliado, pero los criadores deberían asumir entonces la necesidad de legalizarse, en un marco en el que la práctica habitual es el trabajo en negro. Actualmente no existen incentivos para la actuación en el marco de la legalidad fiscal, puesto que no hay apenas riesgo en obviarla, y asumirla supone encarecer el PVP con respecto a la competencia, al gravar la venta con IVA amén de otros gastos propios e inherentes al comercio legal. No obstante caminar hacia un sector serio implica la asunción del necesario control público en todos los ámbitos, incluido el fiscal.

3. En este sentido la esterilización debe convertirse en una práctica habitual y no excepcional, superando las limitaciones propias de una humanización y de una falta de respeto hacia el perro de muchos propietarios. Hay que tomar conciencia de la inconveniencia de que cualquier ejemplar opte a la reproducción, si no se disponen de elementos y medios que garanticen la adecuada puesta en valor y una vida digna para los descendientes.

4. Es imprescindible hacer ver al comprador su responsabilidad en el mantenimiento de unas condiciones nefastas para reproductores, cachorros y para la correcta evolución de las razas de acuerdo con criterios de salud y psicológicos. Mientras el consumidor no tome conciencia y asuma su responsabilidad difícilmente se podrá evitar el aprovechamiento del nicho de mercado que la compra en criaderos basura supone. Es necesario que comprenda que sus compras pueden financiar el maltrato animal. Así de simple. En un mercado limitado, la elección del criador indiscriminado hace más difícil la viabilidad del criador serio, por la tendencia a la baja de los precios. El criador serio desaparecerá o adoptará malas prácticas para ser competitivo en precio.  También hay que asumir que no todo el mundo puede tener un perro, y que hacerse con uno implica una gran responsabilidad y la necesidad de cubrir sus necesidades, costosas en medios, tiempo e infraestructura. El criador responsable puede jugar un importante papel mediante la obligación contractual de unos requisitos mínimos de calidad y bienestar para el cachorro en su nuevo hogar, y entender que esta opción puede constituir una ventaja diferencial a nivel de imagen.

5. Los movimientos de bienestar animal deben de presionar a las adminsitraciones públicas no sólo en materia de protección de animales abandonados, sino en aras de una adecuada regulación de la actividad de cría. Actualmente la cría no forma parte de la agenda de las asociaciones animalistas, que simplemente ven en ella un objeto de denuncia, y no una oportunidad para que los animales de compañía nazcan, se críen y vivan en unas condiciones dignas. Luchar contra la cría indiscriminada es luchar contra el abandono y el maltrato animal. Lejos de lamentarse por la condición mercantil o de consumo del perro, hay que revalorizarla mediante su regulación e incluyendo en los criterios de valor y legales, la garantía del bienestar animal en reproductores y cachorros. La irracional defensa del mestizaje o de la falta de un reconocimiento de raza de tercera parte, frente al supuesto cajón de sastre que incluye como bestias negras las razas puras, la cría y el lucro, obedece a una corriente que se engloba en una visión demagógica del perro, sustentada por un postura acorde con un progresismo panfletario y ajena a lo es el perro. Todos los perros son criados de una forma u otra, el lucro no sólo está presente en los criadores de raza y/o en los que venden con pedigree, y nos guste o no, el valor mercantil del perro está estrechamente relacionado con su valor de uso, entendiendo la mera posesión, tenencia o compañía como uso. No es cierto que se abandonen perros de raza pura y mestizos por igual, cualquiera que haya colaborado en una protectora puede atestiguar esto. Las camadas surgidas de forma espontánea y no planificada, especialmente en el rural, son carne de cañon para los accidentes de tráfico, los entierros en vida siendo cachorros, o la muerte por simple desatención durante la lactancia. Por supuesto que existen, y si cabe peores, condiciones inaceptables en el marco de la cría de ejemplares de raza. Pero la alternativa no puede ser la reproducción ocasional y arbitraria para la que no habrá demanda. Todavía no puedo entender como desde algunos sectores animalistas se mira siempre con simpatía el mestizaje y con desdén la denominada raza pura, independientemente del respeto hacia el bienestar animal que estuviera presente en uno u en otro caso. La historia del perro es la historia en primer lugar de un acercamiento mutuo como no ha habido otro en las relaciones entre especies, pero es en segundo lugar la historia de la selección por el hombre de cualidades específicamente buscadas, incluso en el mestizo de aldea de pequeño tamaño que ladra a los desconocidos, dos cualidades óptimas para un rural con escasos medios y excedentes, minifundista y sin otro sistema de alerta para desconocidos y depredadores.

6. La Sociedad Canina debería ampliar su agenda superando la mera organización de exposiciones morfológicas y el cobro de tasas por registro de ejemplares, y convertirse en un verdadero baluarte de una cultura cinológica digna y respetuosa con el perro. A su vez debería preocuparse por flexibilizar e incluso ampliar los estándares raciales y limitar los aspectos morfológicos que atentan contra el bienestar físico y psicológico del perro. Ella podría ser la que articule y promueva las estrategias descritas, aunque le quedaría un largo camino en el que alcanzar una legitimidad que hoy no tiene en absoluto. Valga como ejemplo los requisitos para la obtención de un afijo como criador: ninguno (excepto el cumplimiento de formulario y la pertinente tasa), algo difícilmente compatible con los supuestos valores de la cinología.

7. Es necesaria la regulación y la ejecución de la misma por parte de las administraciones públicas. Sin esto, todo lo dicho dependerá de la voluntariedad y catadura moral de los actores implicados. En el libre mercado, la racionalidad económica de los individuos lleva a intentar maximizar nuestros beneficios, es decir, la diferencia entre el valor percibido de lo que obtenemos y los recursos necesarios para obtenerlo. Podríamos pensar que para algunas personas el bienestar animal de progenitores y de la especie en general forma parte de sus criterios de valor percibidos, y que por tanto el mercado premiará a los criadores excelentes. Esto es una ingenuidad. El comprador concienciado es absolutamente minoritario, como por otra parte lo somos la mayoría en muchos otros sectores. El comercio justo es una opción de compra absolutamente minoritaria. De la misma forma que existe una legislación laboral que impide una libertad absoluta en la compraventa de la fuerza de trabajo, es necesario dotar de incentivos a un mercado para luchar contra las malas prácticas o los abusos. El mercado canino es probablemente el menos regulado de los diferentes mercados animales, y aquel cuya regulación es aplicada con menor rigor. Si nos comiéramos a los perros, probablemente el interés sería mayor, porque entrarían en juego cuestiones de tipo sanitario. Hoy en día es casi imposible ver una vaca sin su correspondiente crotal (identificador). El perro es otro cantar. Evidentemente la agenda de los poderes públicos está ligada al interés social del electorado. Así que la presión por parte de los aficionados y de las instituciones ligadas al bienestar animal y/o a la cría responsable no es baladí. Pero no dejaría de ser una actitud bastante racional (ya sin entrar en cuestiones de tipo ético sobre el animal) por parte de las administraciones el preocuparse por el enorme fraude fiscal, por la implicación de las mascotas en los accidentes de tráfico, por la defensa del consumidor que es engañado o al menos, no debidamente informado y por la consolidación de un nicho de mercado y de empleo pendiente de profesionalización. La regulación debe ir acompañada de la amenaza punitiva para el transgresor, en forma penal o administrativa según el caso o la gravedad, pero se hace necesario que los poderes públicos cambien la estructura de incentivos que actualmente hacen económicamente más interesante la cría ilegal e indiscriminada.

Tan fácil es apuntar las soluciones como ver la dificultad en su aplicación. En el marco de una cultura de la oferta, de la ganga, del negocio rápido, del fraude, del más listo que nadie, de la asunción con normalidad del perro mestizo reventado en la carretera, del derecho adquirido a hacer de nuestra casa nuestro feudo, de la escasa demanda social sobre el bienestar animal; las estrategias expuestas se presentan como una quimera.

Pero quizás como en otras ocasiones, la normalidad inmoral de hoy sea recordada mañana como la barbarie que fue.

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