El castigo y la guerra

 

El castigo y la guerra

Hay una manera idónea de convertir a tu perro en tu contrincante: el uso del castigo físico y las técnicas de reducción de rango mediante la manipulación manual. En este caso no vamos a hablar de nuestras motivaciones personales (llámense éticas, ideológicas o sensibleras) para no recurrir con frecuencia a esta ¿herrramienta? Tampoco se trata ahora de suscribir los argumentos de reputados educadores y/o etólogos (O´Heara) que niegan la utilidad para el aprendizaje del castigo (que además no compartimos, sí consideramos que el castigo puede tener una función en el aprendizaje).

Pero nos da igual, no suele ser relevante para mí que el castigo suponga o no aprendizaje, ni siquiera que sea más o menos efectivo. Simplemente es feo, no me gusta y no me gusto ni la relación que construyo al emplearlo. A pesar de ello, y en ocasiones, lo uso. En todo caso, cuanto más aprendo menos ocasiones encuentro en las que crea que tiene alguna utilidad. Y en el ámbito del adiestramiento lúdico o deportivo me parece además contrario al objetivo que la práctica de una disciplina de ese tipo debería implicar.

El castigo suele estar más presente en los enfoques basados en las teorías de rango . Que por cierto en los últimos años también están haciendo algún mérito para encontrar nombres técnicos con los que revestirse de un áurea de cientificidad y academicismo: sistema de adiestramiento N.R.P. o “Principio Natural de Manada”. Claro, así dicho…la cosa debe ser seria. Las siglas siempre molan. Por ejemplo yo estoy pensando en registrar el método S.Q.S.V.P. de llamada (si quieres salchicha vente pacá).

Pero en este caso queremos llamar la atención sobre los peligros del castigo físico, y especialmente de aquel que se ejerce mediante la coacción a través del uso de las manos.

A pesar de que la autoridad parece ser uno de los bastiones de los enfoques de rango, nada hay que implique menos autoridad que la posibilidad de abrir un enfrentamiento. Como dueño, pretendo tener tal autoridad, que invalide el enfrentamiento conmigo como opción en el universo de posibilidades de mi perro. No me conformo con ganarle una pelea, o miles de peleas, aspiro a que la pelea no exista como recurso en el cerebro de mi perro.

Cuando me enfrento físicamente a un perro, aunque lo “domine”, aunque le gane, aunque le haga bajar a los infiernos del dolor y del miedo mediante mi poder por haber osado cabrearme, lo estoy convirtiendo en mi contrincante. ¿Un contrincante que ha perdido? Puede ser, pero los contrincantes, aún vencidos, son soldados que, si las condiciones lo permiten, podrán volver a la lucha dependiendo de los incentivos para acometerla. Han aprendido que la guerra es parte del juego de acceso a recursos. Quizás hayan aprendido que no merece la pena bajo determinadas circunstancias y ante algún enemigo en concreto iniciar la lucha, pero los escenarios del perro variarán en condiciones, motivación y enemigos. Y en otra ocasión quizás la batalla sea más propicia.

Si además trabajas las relaciones entre otros dueños y perros, pregúntate siempre si el dueño, su mujer, sus hijos, sus amigos, los niños del parque, están dispuestos y capacitados para ser los domadores de la bestia.

No me conformo con ser un “alfa” (cualquiera que sea el significado de un término desdeñado por quien lo acuñó) de su especie. Quiero ser el Dios de su universo. Y como tal aspiro a no rebajarme forcejeando con los mortales, a los que además quiero mucho.

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